Ximba en su Columna

Al atardecer las arenas del desierto se incautan de una dolorosa tristeza de pausada monotonía. El viento agita sus aulladoras alas y flagela sin piedad los resecos pies de los escasos matorrales que aún osan persistir heroicamente en el exhausto erial. Mientras, un suspiro de tardío sueño melancólico trepa con ganas por la base de la columna de Ximba.

Veinte años han transcurrido desde que el Gran Ximba subió hasta la cima de su elevado pilar. Veinte años de amargura y abatimiento para sus innumerables seguidores. Días para el desánimo, los rezos y las lamentaciones, porque el Maestro no se encuentra entre ellos. Pero prometió volver, y en su generosidad sin límites les dejó su divino calcetín derecho para alabarlo y adorarlo como si fuera él mismo. ¿Cómo no iban a saber sus discípulos apreciar en su justa valía tan maravilloso presente?

 Visto desde la lejanía del pie de su columna, el astro del fútbol se alza imperturbable y majestuoso en su esencia pura. Su porte, firme y seguro, realza su espíritu envolviéndole en un antiguo aire de inaccesible solemnidad. Su figura, cercada por las nubes, se muestra, más que nunca, ínclita y digna.

Alrededor de la base de su cilíndrica morada crecen pequeñas montañitas de excrementos que conforman eminentes cordilleras dotadas de una floreciente prosperidad. Algunas, resecas y duras, ya han sido fuertemente consolidadas, y con indudable prestigio en su meritoria antigüedad, mas otras; aún calientes y humeantes, afrontan su reciente epifanía con desigual fortuna. Estas últimas constituyen un eficaz foco anunciador de nauseabundas recompensas, cuyo inconfundible aroma se expande como la espuma, haciendo las veces de pestilente reclamo embriagador. Atraídos por el apetecible festín, nutridos ejércitos de golosas moscas avariciosas porfían planeando en círculo ante tan codiciado manjar perecedero, y arman, en sus disputas, ruidosa algarabía que suele entretener las aburridas jornadas del solitario estilita.

Sobre la privilegiada cúspide de su columna, Ximba escudriña con indolencia la amarilla inmensidad del inhóspito desierto abrumador. El paisaje se extiende hermoso, bello e inconmensurable. Un gigantesco sol, como una airada deidad, se yergue imponente y lento, casi extático, estirando sus ardientes lenguas de fuego invisible. Lenguas que poco a poco han ido quemando inmisericordes la ya de por sí oscura piel de Ximba. Cada centímetro de su expuesto cuerpo es chamuscado con lasciva ferocidad aplastante. La endeble epidermis, muerta sin remedio, se desprende obediente para volver a nacer y abrasarse de nuevo en la cruel condena de un infierno sin fin.

En el esquelético rostro del achicharrado campeón destacan sus hundidos ojos, cubiertos de sopor, que parecen abstraídos en la inútil búsqueda de sus anteriormente pobladas cejas negras, transformadas hoy en apenas una veintena de desiguales pelillos deformados, exánimes y separados entre sí. Sus carnosos labios, si antaño colorados y flamantes como el húmedo coral marino, hondean ahora blanquecinos e inertes, fruto del severo efecto del fuego impenitente. Agrietados y resecos, optan por cerrarse a cal y canto, implorando protección a su sedienta boca.

Su piel, arrugada, estadiza y marchita, cual el más viejo cuero, se endurece día a día, y en su desánimo todavía guarda misteriosas fuerzas para aprisionar a un crujiente enjambre de huesos sobresalientes y en fundada amenaza de huída. Su negro pene, mísero colgajo inútil y rugoso, atrofiándose perece y disminuye aún más si cabe.

Por las noches un frío helado del norte hace acto de presencia en el desierto desolador. Los delgados miembros, recién calcinados por la canícula y todavía humeantes, comienzan a congelarse rápidamente, tiritando. Sus escasas carnes, al verse sacudidas de improviso con violentos espasmos, se desperezan y tiemblan aletargadas, mientras los huesos, traqueteando, se quedan rígidos, y van entumeciéndose en el interior de su patético envase moribundo.

A pesar de que pudiera parecer lo contrario, el brutal cambio le resulta sumamente grato al inalterable penitente, porque rompe su monotonía, al tiempo que purifica sus profundas quemaduras y abre las puertas a una nueva abrasión, aún más contundente y demoledora, que tendrá lugar durante la jornada siguiente.

Ximba se alimenta de las grandes moscas verdes, rojas y azules, que acuden en tropel atraídas por la fuerte podredumbre emanada de su cuerpo. Nunca le faltan y cada día que pasa, en mayor abundancia las recibe. También puede saborear algún minúsculo mosquito laminero, que se le acerca hambriento y zumbando con su espigada trompeta succionadora. Si hay suerte; algún saltamontes despistado y arrastrado por la brisa, constituirá un manjar exquisito para el necesitado comensal.

Su sed será aplacada, sin grandes problemas, por el propio sudor exhalado en el sinuoso recoveco del sobaco hedentino, y también el rocío de la mañana y la escarcha de la noche ayudarán con su dispendio generoso, y sobretodo los gruesos carámbanos que suelen florecer en su luenga barba cuando hiela.

Todo lo tiene y nada le falta.

Aunque sus famélicas piernas huesudas ya casi no le sostienen y sus rótulas tiemblan sin cesar, el Maestro, siempre en pie, sonríe jubiloso. Algunas veces alarga sus delgadísimos brazos hacia los lados en señal de triunfo. Otras se sostiene con una sola pierna mostrando desprecio ante el formidable deterioro experimentado por su cuerpo.

“Cómo somos los hombres, cómo somos”; se repite con profusión. Cuanto mayor es el cansancio y la decrepitud que le acosan, más sonríe, y se mesa las barbas con delectación, pues bien sabe que también es mayor su triunfo y la gloria del Señor.

error: Content is protected !!