La Redundadora de Esencias

Apolodoro, lejos de conformarse ante la pérdida de su dulce amada, trató de reconquistarla nuevamente, ejerciéndose en tan delicada tarea con renovado entusiasmo. Todos los días despertaba a su querida Rubicunda con un lustroso ramo de radiantes amapolas recién cortadas.

“Las más bellas y dulces flores de Kinsaba para la más hermosa dama del reino;” le susurraba cariñosamente al oído. El monarca concebía estos regalos matutinos como una manera facilona de proclamar su amor inmenso, por ello, con el tiempo, fue aumentando la cantidad de amapolas con las que le obsequiaba cada amanecer.

Cuando Rubicunda aspiraba el dulce aroma de la ilustre papaverácea se transformaba por completo. Sentía en su seno el arrojo fraticida de la más endiablada maravilla. La fragancia suave y misteriosa, la embargaba de dichosos arrebatos de éxtasis en lo más profundo de su orondo ser de aspiradores apetitos. Cuando Apolodoro, que no experimentaba similares consecuencias, le preguntaba por el súbito estremecimiento placentero que tales plantas le repercutían, ella le contestaba ensimismada en una profunda sonrisa cristalina:

“Adoro sus carnosos pétalos resueltos en profundo encarnado, y sus estambres, pistilos y corola, encubiertos de frágil belleza anodina. Sin embargo, cuando mi nariz aspira el fino polen perfumado, siento las balsámicas esencias recorriendo mis pulmones, redundando por las venas que espolea el corazón para alcanzar el cerebro, intacto y sorprendido en una tumultuosa fiesta de fragancias, esencias y sentidos. Es entonces, mi amor, es en ese preciso momento de íntima comunión floral, cuando desfallezco de placer, y mis últimas fuerzas sólo alcanzan a gritar: ¡quiero más y más amapolas!”

El monarca, observando que la felicidad de su amada era proporcional al número de flores con las que le agasajaba, se afanó por conseguir la mayor cantidad posible. Incluso, en un alarde de ingenio, ordenó que los alrededores de su palacio se transformaran en mullidas plantaciones de amapolas, con las que aplacaría, de una vez por todas, los anhelos florales de su amada esposa.

El hermoso jardín requirió de un especial cuidado, porque exaltados heliotropos se empeñaban en brotar salvajemente e invadían con impunidad un sagrado territorio que no les correspondía. Pero mereció la pena. Cuando al fin florecieron las amapolas Rubicunda rabiaba de felicidad. Se despojaba de sus deliciosas prendas interiores de seda, cuajadas de  excitantes perifollos, y completamente desnuda, como a ella siempre le gustaba estar, saltaba como loca entre las flores; desafiando, con inaudita agilidad y pericia, las gravitacionales leyes de su evidente obesidad. Se desfogaba deslizándose por la hierba para revolcarse allí, con la naturalidad de un cansino hipopótamo en su charca, a la vez que con ansiosa presteza, una a una, buscaba su nariz golosa esnifar el aliento delicado de cada flor.

Apolodoro se sentaba en sus balcones reales y oculto tras unas gruesas cortinas la espiaba fascinado. Aunque al principio se reía a carcajadas al ver a su esposa tan dichosa y explícita, pronto comenzó a lamentar las excentricidades de su amada. Al cabo de algunas semanas, Rubicunda, incapaz de separarse ni un segundo de sus adorables amapolas, decidió, simplemente, no hacerlo. Vivía, comía y dormía tumbada en sus jardines y envuelta en millones de flores. Incluso el pobre rey, aterrorizado ante la posibilidad de verse obligado a renunciar a sus más arraigadas necesidades acopladoras, accedió a hacer el amor allí mismo, en sus reales jardines, expuesto a las miradas indiscretas de algún curioso inoportuno. Sobre un fresco lecho de verde hierba, y entre amapola y amapola, el monarca y su señora, copulaban y copulaban presas de un tortuoso frenesí amapolíneo.

Sin embargo; con el transcurso de los meses, la excesiva idolatría floral empezó a pasar factura a Rubicunda en forma de alergia al polen. Primero fueron los desagradables ataques de estornudos compulsivos; luego la molesta congestión nasal, que se iba perpetuando junto con el creciente enrojecimiento de los ojos. Más tarde; le emergieron por la piel diversas manchas de las más variadas formas y atribuciones. Acompañados de terribles picores, virulentos sarpullidos prosperaban con avidez por sus flácidas carnes indefensas. Cuando la enferma se rascaba, se ocasionaba fuertes escozores y favorecía en gran medida la propagación de los males que pretendía reducir. A pesar de ello, Rubicunda, lejos de amilanarse, aún pedía más y más amapolas para su jardín.

Apolodoro, que nada podía hacer por apartarla de su adicción, sentado en su balcón desde donde contemplaba como se iba consumiendo poco a poco, lloraba en silencio como una Magdalena.

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