El Escroto Hipertrofiado e Imperante

Mientras el Árbitro Alguacilado, con gran éxito de público, propinaba severos cabezazos a los barrotes de su jaula, en el palacio del rey, ya en un ambiente más íntimo y relajado, proseguían las más cálidas confrontaciones.

Apolodoro, con su querida Rubicunda al frente del campo de batalla, llevaba varios meses sumergido sin descanso en la denostada acción concupiscente de sus fragorosas contiendas sexuales. Inmerso plenamente en el desarrollo de los lúbricos acoplamientos; había llegado a tal extremo que ya no comía, ni bebía, y ni siquiera se permitía el comprensible lujo de un inocente sueñecito reparador. Tan sólo copulaba, y con el más furioso ímpetu imaginable. Su compañera, complaciente aunque menos fogosa, le permitía proseguir con sus incansables quehaceres mientras ingería tranquilamente algún sabroso alimento, pintaba con indiferencia, o dormitaba sin más, roncando con envidiable placidez. Aunque ella descansara; no por eso el afanoso monarca interrumpía sus ajetreadas labores, al contrario, sudando la gota gorda y sin importarle lo más mínimo la inquietante falta de interés de su amada, continuaba doblando su cintura, y con mayores bríos, pues era absolutamente incapaz de saciar su eyaculador empeño imposible.

Tarde o temprano, tales excesos debían dar sus frutos, y al fin sucedió lo inevitable. Una mañana, Apolodoro se vio obligado a frenar de súbito sus contorsionados bandeos a causa de un tremendo dolor genital que le acometió de repente. Cuando analizó su pudiente anatomía, no pudo menos que horrorizarse al vislumbrar la espantosa inflamación que padecía su delicado escroto imperante. Los testículos se le habían abultado bestialmente, como sendos balones ovalados, y el intenso dolor que los sacudía en la totalidad de su superficie, invalidaba automáticamente cualquier supino intento de satisfacción sexual.

El monarca se percató de inmediato de que ésta incomodísima anomalía, al menos y de rebote, había logrado el ansiado milagro de concluir al fin la perpetua erección vaticinada por el Ingeniero Profeta.

Escudriñó de nuevo sus hipertrofiadas criadillas. Desde luego, se habían inflado hasta lo impensable. Cualquiera se atreve a palparlas; pensó con ironía. Lo cierto era que la nueva configuración genital acrecentada, quizás sí pudiera ser deseable desde el punto de vista de la alegremente sorprendida Rubicunda, pero ni mucho menos desde el suyo propio. A pesar de lo atrayente del tamaño vigoroso, en modo alguno le favorecía semejante aberración ovípara, porque ridiculizaba a su retrotraída verga; concentrada en su máximo encogimiento sin igual. Ante tanta magnificencia hercúlea, su manubrio, intimidado, exánime y minúsculo, cual fláccido meñique avergonzado, porfiaba inútilmente por aflorar victorioso entre ambas protuberancias ovoideas y abrumadoras.

Al parecer, el infortunio que desencadenó tan pronunciada desigualdad entre los distintos componentes de una misma virilidad, fue consecuencia directa del salvaje frotamiento al que habían sido sometidos, jornada tras jornada, sus inocentes testículos basculantes. Tan brutal fricción entre las blandas y opulentas carnosidades de su relajada partenaire, constituyó la causa primordial, y responsable en primer término, de la espectacular dilatación primorosa.

Andaba pensativo e inquieto el angustiado monarca preguntándose cual sería la solución liberadora de tan magna fatalidad, cuando la pícara Rubicunda, no pudiendo resistirse por más tiempo a los encantos de la nueva proporción inusitada, osó agarrar con notable prestancia la crecida bolsa escrotal, para, seguidamente, apretujarla con deleite entre sus manos desbordantes, buscando experimentar, extasiada y con gran delectación, el placentero rozamiento embelesado de cojón con cojón enternecido.

El dolor que le acarreó a Apolodoro el inesperado dispendio manual fue inconcebible, inhumano y sobrenatural. Se le encogió el pecho como si se lo hubieran absorbido de repente con una pajita en el interior de su propio seno estremecido. La respiración finalizó, sin más, y quedó olvidada, mientras el rostro, camaleónicamente convulsionado, mudaba de color en distintas tonalidades, a cual más vistosa, y ofrecía un interesante espectáculo visual, pasando, en décimas de segundo, del rojo pimentón al blanco calavera, para asentarse, finalmente, en un violeta innovador y mucho más uniforme de lo esperado.

En la faz descompuesta y paralizada, los globos oculares giraron vertiginosamente en el interno albedrío de sus cuencas extraviadas, para ir estabilizándose luego, con gran lentitud y ritmo titubeante, en el infinito indiscernible.

Cuando, por fortuna, un incipiente desmayo amenazaba al fin a sus conmocionados sentidos para liberarle del mayúsculo calvario jamás soñado; para colmo de desgracias, una salvadora bocanada de aire fresco acertó a inundar sus pulmones, recomponiéndole in extremis y justo a tiempo de recuperar la conciencia del dolor con mayor frenesí.

El espantoso suplicio volvió maximizado, absoluto y ávido de ramificaciones en las que propagar con generosidad sus atroces punzadas demoledoras. Lejos de apaciguarse o al menos conformarse con aquel punto álgido, legendario e insuperable, siguió creciendo por momentos, buscando multiplicarse en agónicas palpitaciones, hasta elevar su poder de mortificación al céntuplo, y posteriormente continuar su exitosa proliferación en desconocidas latitudes estratosféricas por explorar.

Mientras el martirio indescriptible proseguía prolongando su sadismo extremo, el aterrado monarca, anegado en su propio infierno, añoraba el suicidio como única esperanza liberadora de tan bárbaro tormento, pero después, pensándoselo mejor y presa de alocadas alucinaciones, dudó seducido por las inigualables alegrías que podría aportarle el acompañar su óbito inminente de un exterminio masivo de la población.

Por fortuna el dolor comenzó a remitir con lentitud, menguando las salvajes punzadas progresivamente hasta terminar por desaparecer por completo, tal y como habían venido. Sin embargo, a pesar de que el sufrimiento se evaporó en su totalidad, Apolodoro permaneció varias horas en vilo, incapaz de iniciar el mínimo amago de movimiento por miedo a despertar de nuevo a aquella horrible explosión oval de impredecibles consecuencias monstruosas, con sus furiosos estallidos, magníficos y colosales, émulos del potente megatón, cruento y destructivo.

A pesar de las apariencias, la inflamación genital sufrida por el rey no constituía una enfermedad grave, ni mucho menos, y tras un par de semanas de reposo las aguas volvieron a su cauce y los volúmenes inauditos a sus modestos tamaños iniciales. Recuperó Apolodoro, felizmente y a la par, su salud y la integridad sexual arrebatada meses atrás. Al fin volvía a respirar tranquilo y libre. Urgía ahora recuperar el tiempo perdido. Ejercer con mano dura las labores de gobierno y, cómo no, revisar los interesantísimos informes que puntualmente le remitía el Logopeda Esclarecido.

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