El Dios Cocinero Goloso y Zampón

Un mañana acudió presto el chambelán a palacio con algunas ojeras en el rostro que no pasaron desapercibidas para su rey. Interrumpió con su llegada el preciso instante en el que el Exquisito Gourmet le servía un opíparo desayuno bien provisto de productos lácteos, huevos, frutas y algunos vegetales. Lo cierto era que el apetito del monarca había crecido al mismo ritmo que su egregio estatus y su dispuesto cocinero eunuco correspondía a tales necesidades alimenticias con celebrada satisfacción.

Apolodoro

Buenos días mi Atento Servidor, sí que madrugas. Me disponía a dar cuenta de este pequeño refrigerio matutino. Toma asiento y acompáñame. Pídele a mi Exquisito Gourmet lo que gustes y verás con qué celeridad sabrá complacerte. Ya sabes que te encuentras frente a un fenómeno sin igual en el arte de la alta restauración.

¿Qué te trae por aquí? Seguro que vienes a estropearme el día con malas noticias. Pues te advierto que me he levantado con un humor excelente y nada de lo que digas podrá enturbiar un día tan feliz.

Atento Servidor

Descuida, oh risueño Apolodoro, nada de eso. Por fortuna vuestro reino goza de buena salud, dentro de lo que cabe, claro está.

Apolodoro

Pues lo cierto es que pensaba que serías portador de algún percance. ¿Seguro que todo va bien?

Viéndote aquí, tan madrugador, con esas ojeras y el rostro más bien compungido…

Atento Servidor

Oh Apolodoro, tan perspicaz y avispado como siempre, pero en nada has de preocuparte. El cansancio que vislumbras en mi rostro se debe más a la falta de sueño que a otras circunstancias.

Apolodoro

Vaya, lamento mucho tu inoportuna vigilia. Pero sin duda, alguna congoja será la causante de tanto desvelo.

Atento Servidor

Ciertamente, oh Apolodoro, tu astucia es incluso mayor que tu apetito, que ya es decir. Nada es posible ocultar a una mente tan sagaz y despierta. La verdad es que he de confesarte, ya que me interrogas con tanto ahínco, que tú eres el principal responsable de mis noches en vela.

Apolodoro

¿Pero qué me dices mi querido chambelán? ¿Qué intriga es ésta? ¿Cómo he podido causarte un desaliento tan extremo que llegue a coartar tu merecido descanso?

Habla ya. No te demores más. Y ten por seguro que de inmediato he de ponerme manos a la obra para remediar de una vez por todas ese profundo desconsuelo que te embarga.

Atento Servidor

Temo que poco puedas hacer, oh solícito Apolodoro, para disipar mis inquietudes. Si bien es cierto que de alguna manera tú eres el culpable de mi desazón, también debo reconocer que tu responsabilidad es totalmente involuntaria y a todas luces impredecible. Sólo yo soy el causante del duelo que me asola, por contar con un alma tan sensible y vulnerable a los asuntos de índole espiritual. Mejor será que vuelva a mis aposentos y no perturbe la paz de tu palacio.

Apolodoro

¿Pero es que no vas a decirlo? ¿Piensas que puedes ocultarme el motivo de tu angustia y marchar como si tal cosa?

Tus penas, querido chambelán, son mis penas, y si algo te aflige debo saberlo. Es más; exijo saberlo.

            Con ojos como platos y aspecto interrogante, el rey observaba ansioso a su Atento Servidor. También, a su lado, el Exquisito Gourmet seguía la escena con poco disimulada curiosidad. Al fin, el protagonista de tanta incertidumbre se avino a contestar.

Atento Servidor

Se trata, oh inquisitivo Apolodoro, de aquella conversación que tuvimos hace ya algunas semanas. Dudo mucho que recuerdes un episodio de tan nimia importancia. Lo cierto es que por algún motivo entablamos un extenso diálogo acerca de las atribuciones del Sumo Hacedor. En esa ocasión me mostraste claramente lo ridícula e inverosímil que resulta la figura de Dios hoy en día. Con gran acierto, recalcaste su indiscutible declive y previsible obesidad, amparándote en su senectud y constatada inoperancia.

Recuerdo que te felicité por tales observaciones que en aquel momento me convencieron en grado sumo. Qué menos que celebrar una argumentación tan brillante e impecable; difícilmente refutable. Incluso, en un alarde de genialidad, te permitiste la licencia de comparar al Creador con una oronda omelette de patatas, rebosante de aceite y grasa, próxima a su desbordamiento tumultuoso. ¡Qué símil tan original!

Apolodoro

Sí, sí; recuerdo aquella conversación; pero ignoro que relación puede guardar con tu misteriosa pesadumbre.

Atento Servidor

Pues verás, oh paciente Apolodoro, desde aquel día, las dudas me abruman y asolan constantemente. Me sobresaltan continuos interrogantes sobre el sentido de nuestra vana existencia y la controvertida figura del Creador, que por más que analizo no logro discernir cabalmente. Pero sobre todo, lo que más agita mi alma es la total incertidumbre que nos aguarda tras el ocaso de nuestra vida; ese destino tan amargo y oscuro que supera los límites de la más abyecta imaginación.

Por si esto fuera poco; vivo atenazado por aterradoras visiones que me azuzan con virulencia. No dejo de vislumbrar con pesar la silueta de ese Dios moribundo y decadente. Me inquieta notablemente la posibilidad de su fallecimiento inminente, o lo que es peor, su mortandad ya consumada.

No obstante, consciente de la ridiculez de mis desasosiegos, trato de obviar tales pensamientos nefandos y regresar a la cordura de mis ocupaciones habituales, pero para mi desdicha, apenas concilio el sueño, acuden en tropel a mi mente las más espantosas pesadillas. Viene a por mí el colérico Creador, revestido de tortilla de patata, y sin más preámbulos me traga de un bocado y digiere con fruición. Presa del pánico me veo entonces sumergido en su estómago y braceando torpemente en un cenagoso pantano devorador, donde se mezclan y deshacen a la par, huevos y tubérculos, en una adiposa alianza de la más reprobable fricción oleaginosa.

            Cuando acabó de hablar el azorado chambelán, el monarca permaneció silencioso. Las palabras de su apreciado servidor parecían haberle impresionado y meditaba la forma de restar importancia a aquellas reflexiones suyas, que para su sorpresa, tanta mella habían causado en un hombre que siempre creyó imperturbable. Su eficiente asesor se hallaba realmente preocupado y en sus manos estaba encontrar la manera de infundirle algún consuelo.

            Para alivio del monarca que desconocía el modo de salir de tan inesperado aprieto, su cocinero que había seguido con interés el diálogo de ambos contertulios, se decidió a intervenir en la conversación.

Exquisito Gourmet

Disculpar que me entrometa en tan interesante polémica; pero habiendo tomado el asunto un cierto cariz gastronómico, quizás sea interesante que aporte mi humilde opinión sobre el tema que os ocupa. Además; creo que viene muy a cuento.

Apolodoro

Por supuesto, por supuesto, mi venerado cocinero. Cualquier cosa que digas merecerá nuestra máxima atención. Incluso sabré recompensarte generosamente si consigues mejorar el ánimo de nuestro alicaído chambelán.

Exquisito Gourmet

Ignoro si podré menguar en algo las tortuosas perturbaciones oníricas que sufre nuestro buen amigo, pero pienso que difícilmente lograría incrementarlas.

Apolodoro

Somos todo oídos.

Exquisito Gourmet

Pues veréis. Yo defiendo una concepción más llana del Gran Hacedor y sobretodo más acorde a mis propias habilidades, que presumo, en cierto modo, son similares a las suyas. Quizás este punto de vista sea más de tu gusto, señor Atento Servidor, y pueda contribuir con mi explicación del mismo a tu apaciguamiento y serenidad.

Atento Servidor

Habla, habla. Que estoy ansioso por conocer los detalles de esas atribuciones que mencionas.

Exquisito Gourmet

Pues bien. Yo concibo a Dios como un eterno chef. Para mí constituye el cocinero total por excelencia. Lo veo como un ente divino que perdura aferrado a un ideal de construcción del plato único. Entendiendo por plato único al más sabroso a su exigente paladar.

Obviamente, ya habréis adivinado que el objeto culinario de este tenaz demiurgo somos nosotros.

Atento Servidor

¡Absurdo! Aunque he de admitir que como metáfora del génesis, no está tan mal.

Apolodoro

Pues a mí, como posibilidad, me parece aceptable, o al menos hermosa; pero se me escapan algunos detalles.

Veras. Yo cuando saboreo algún alimento sé muy bien lo que busco. Si primeramente me conformo con aplacar el hambre y recuperar energías; en segundo lugar aspiro a gozar del sabor equilibrado de sus componentes; de experimentar en mí esa extraña reacción química que ocasiona una dulce satisfacción gozosa cuando ingieres algo bueno, y me obliga a felicitarte, mi querido gourmet, y jalearte con denuedo. ¡Maestro, maestro, maestro!

Pero, fuera bromas. ¿Cuál será el hambre de Dios?; me pregunto. ¿Y cómo alcanzará ese deleite que ocasiona la buena mesa?

Exquisito Gourmet

Me halagas con tus cumplidos, mi rey Apolodoro. Cuando hablamos del Creador, a mi modo de ver, hemos de entenderle como alguien similar a nosotros pero con una capacidad exponencialmente superior. Sus aspiraciones, deseos, pretensiones… han de ser parejas a las nuestras pero incrementadas en grado sumo. Multiplicadas hasta la indecencia. Al igual que nosotros, cuando elabora un plato lo hace para su destrucción futura en el interior inabarcable de su excelso estómago. Su gozo es la simple aniquilación. El hambre que experimenta, pienso yo, sólo puede ser el tedio, que vence con el esparcimiento gastronómico, y su deleite se maximiza con la destrucción del resultado.

Apolodoro

¿Cómo dices? Me he perdido.

Atento Servidor

Y yo.

Exquisito Gourmet

Me explico. Con calma y paciencia elige los ingredientes de su obra y los deja madurar a condiciones idóneas de tiempo y temperatura; disparando así el proceso evolutivo. Cuando el primer homínido se pone en pie, habrá dado origen a la historia de la humanidad. Observa entonces con alegría cómo madura y va tomando forma su creación. Seguramente en esos instantes ya empieza a disfrutar con el devenir del guiso; su olor, su textura…

Se le hace la boca agua con la muerte de cada ser (hombre, animal o planta), reducido a mero ingrediente en vistas a la obtención de ese ansiado plato único. Cuando llegado al punto secreto de cocción alcance su estofado cosmológico la magnitud de obra magna, gozará como un loco de la añorada destrucción total del universo. Se relamerá de gusto, se frotará las manos, se chupará los dedos, y aún querrá repetir, pues no acabará ahí su hambre.

Atento Servidor

¿Qué quieres decir?

Exquisito Gourmet

Que no hay plato perfecto.

Atento Servidor

¿Y?

Exquisito Gourmet

Que una vez consumada la digestión, volverá a sentir hambre y buscará su caldero, para retornar a una nueva elaboración calmada de ese multitudinario cocido, imponderable y global.

Atento Servidor

¡Pero eso es espantoso! ¡Estamos condenados a nacer para morir una y otra vez, y sólo para ser comidos por este monstruo voraz!

Exquisito Gourmet

Me temo que tú, Atento Servidor, todo lo ves desde el punto de vista más negativo.

Apolodoro

Estoy de acuerdo. A mí tampoco me parece tan malo.

Atento Servidor

¡Es diabólico! ¡Según tu teoría sólo somos el resultado del apetito de un dios goloso y panzón! Creo que me estoy mareando.

Exquisito Gourmet

No le llames así. Es todo un genio de la cocina. Un ser inigualable. Y sus apetencias también son variables.

¿O acaso piensas que le gusta ingerir una y otra vez la misma pitanza?

De ninguna manera, menudo hartazgo. La aborrecería a las primeras de cambio.

Atento Servidor

¿Entonces?

Exquisito Gourmet

Entiendo que vuelve a cocinar nuevamente el mismo alimento (nosotros), variando los ingredientes y su manipulación; el orden, la cantidad, la temperatura, etc.

Apolodoro

¿Quieres decir que nos vuelve a guisar y modifica el clima para ver cómo afecta a nuestra evolución?

Exquisito Gourmet

Efectivamente, es una posibilidad. Imagínate: ahora con dinosaurios, ahora sin ellos; ahora con ciclones, terremotos e inundaciones, ahora con clima cálido y sin perturbaciones de la naturaleza…

Atento Servidor

¡Qué monotonía tan infame! ¿Y cuánto tiempo va a durar esta pesadilla?

Exquisito Gourmet

Bueno, estamos hablando de un ente infinito que tiene toda la eternidad por delante. Eso es mucha hambre. Además, ya sabes lo que se dice del infinito.

Atento Servidor

Lo sé, lo sé. No hace falta que me lo recuerdes.

error: Content is protected !!