Desde niño, el Exquisito Gourmet siempre había soñado, en sus fantasías más perversas, con el misterioso arte de la emasculación. Lamentablemente, como bien pudo comprobar a poco que inició sus indagaciones; no existían expertos en tales menesteres tan definitorios y, a su juicio, de indudable utilidad práctica. Tampoco halló ningún manual explicativo mediante el cual pudiera aleccionarse un entusiasmado aprendiz en ciernes como él. Sin embargo, estos inconvenientes, lejos de desilusionarle, le motivaron en exceso. Se veía a sí mismo como un iluminado. Un precursor que abriría el camino por el cual muchos otros seguirían sus pasos. Además, instruirse sobre la meticulosa privación de la dotación genital a un congénere le suponía algo más que un hobby; era una auténtica distracción lúdica altamente gratificante.
Tal como iba aprendiendo la técnica y sus conocimientos se consolidaban, lejos de conformarse, su curiosidad también se iba acrecentando y su fantasía no tenía límites. A veces se veía en sueños retozando en un universo fálico y distendido. Un florido campo de vellosidades y prolongaciones pélvicas donde poder explayarse a gusto en sus insanas habilidades resolutorias, consistentes, ¡oh, qué delicia!, en el firme atrapamiento del delicado miembro con la suficiente fiereza y determinación como para desgajarlo, rebanarlo, horadarlo o trincharlo. Sin duda, existirían un sin fin de posibilidades para llevar a buen término tan contundente acción. Miles o millones de procedimientos diferentes que investigar para llegar a un mismo resultado: la castración. Todo un mundo por descubrir y conquistar. A ello se lanzó de cabeza, y en vista de los resultados, había merecido la pena. El sueño de su vida se había cumplido y por partida doble. Cuando el azar le permitió demostrar su destreza esterilizadora en público; sus paisanos habían sabido reconocer su sapiencia y buen hacer. Se sentía muy orgulloso.
Ahora recordaba las penalidades de sus inicios, cuando experimentaba con animales de diversa índole, tamaño y especie. Más adelante llegaron los cadáveres, mucho más útiles y manejables, y finalmente incluso algún voluntario, ávido por desbravarse urgentemente, que siempre hay gente para todo. Luego, cuando tuvo más experiencia y menos escrúpulos, prefirió ejercitarse con algún pobre infeliz en estado de embriaguez, pues le resultaba más divertido y estimulante. Con ardides y embustes le atraía a su cocina donde con la excusa de mostrarle su armamento gastronómico le desarmaba sin piedad y aún reía sanguinariamente tras su triunfo.
Cuando sólo era un torpe novato sentía especial predilección por la explosión seminal; lograda mediante el certero espachurramiento tumultuoso de ambos testículos a manos de una formidable maza de madera. Aunque tampoco le hacía ascos a un sistema de su invención, algo aparatoso, y que consistía en el febril desgarramiento de las suaves carnalidades pélvicas ante su brutal estiramiento con unos terroríficos alicates de punta redonda. Lo cierto era que se consideraba un autodidacta, que partiendo de cero había sido capaz de procurarse una inigualable formación que le reportaba unos resultados en sus actuaciones más que respetables.
Con el tiempo comenzó a identificar su maestría con un arte. Un arte cisoria. Ya no bastaba con el desmenuzamiento en profundidad del órgano viril del sujeto, qué va, el deleite de la operación implicaba mucho más. A la hora de ejecutar tan delicada manipulación, la simple contemplación exhaustiva de la expresión de horror y espanto del desdichado caballero próximo a ser emasculado, constituían de por sí parte inherente del gozo experimentado. Le gustaba mirar a los ojos de su víctima mientras le horadaba las flácidas partes pudendas, y examinar atentamente cómo mudaba su rostro del rojo al blanco y del blanco al rojo o al morado. Observaba con atención extrema cómo se desencajaban sus ojos extraviados mientras suplicaba, balbuceaba, gritaba y lloraba. Qué momento de éxtasis. Qué deleite. En su opinión, merecía la pena demorar en la medida de lo posible el proceso para disfrutar con su desarrollo. Sin duda, a su gran experiencia se remitía, el dolor ajeno constituía una incalculable fuente de placer y el comedimiento se rebelaba como el más fiel aliado para sus propósitos.
También le reconfortaba su papel de extirpador de generaciones. Cuando privaba a un individuo de su capacidad procreadora, anulaba en un santiamén su posible descendencia, y la de sus hijos nonatos, y la progenie de estos; así hasta el infinito. Toda una estirpe extinguida de un zarpazo por el buen hacer de su diestra segadora.
Intrigado a veces por tan perversas elucubraciones que le azuzaban, optaba por observarse, por estudiar sus sentimientos, en definitiva, por psicoanalizarse. Buscaba la raíz del placer que le reportaba una actividad tan cruenta y brutal. ¿A qué se debería?
A ciencia cierta nunca lo sabría pero sí tenía una clara intuición. Presentía que se trataba de una cuestión de ejercicio del poder. Ahí debía estar la clave; en el poder, simple y llanamente. Esa sensación extraña que nos incita y espolea a agredir a nuestro vecino por el mero hecho de su patente debilidad o indefensión. Sobretodo cuando adivinamos cierta impunidad. Es muy típico en la niñez el ataque sanguinario a los coetáneos más enclenques. Quizás tales ímpetus respondan únicamente a un resorte de la naturaleza para eliminar a los ejemplares más pusilánimes y menos aptos para transmitir su información genética.
El Exquisito Gourmet, en cierto modo, estaba dispuesto a admitir que existía algo de maldad en sus depravadas aficiones pero… ¿Realmente era maldad? También podía llamarse eficacia. Simplemente actuaba de acuerdo a su naturaleza y ejercía un poder, porque podía y debía ejercerlo. Lo contrario hubiera sido una represión. Por ello, cuando sus perplejas víctimas, entre sollozos y lamentos, le interrogaban al respecto; él les respondía con la misma rotundidad que les había arrebatado la hombría: “porque puedo”.
Así opinaba y por ello no sentía remordimiento
alguno.