Tras la grata resolución de la ansiada venganza hirviente, las aguas volvieron a su cauce y el feliz monarca pudo concentrarse de nuevo en sus importantes obligaciones reales. Aunque a decir verdad, a estas alturas de su mandato las atribuciones que le correspondían eran bastante exiguas y limitadas.
Los asuntos económicos del reino se los había confiado al Agazapado Contable Augusto, y al parecer con indudable acierto, en vista de los espectaculares logros obtenidos en su gestión. Las arcas del palacio se hallaban repletas a rebosar, lo cual; constituía un gran desahogo. Y en lo que respecta a las farragosas tareas de gobierno; ya desde un principio y sin ningún tipo de complejo había delegado en su eficiente chambelán, pues éste mostraba excelentes aptitudes para el delicado cargo directivo. Lo cierto era que a su Atento Servidor las funciones de mando le venían como anillo al dedo, e incluso, por más que lo negase, le agradaba mucho desempeñarlas.
Apolodoro se sentía considerablemente feliz por haber sabido librarse con tanta inteligencia de aquellas abrumadoras responsabilidades que tan incómodas y fatigosas resultaban para su gusto. El grueso de sus competencias quedaron reducidas principalmente a la actividad para la que se sentía más dotado: la búsqueda compulsiva de una abundante progenie digna de su talante carismático. Pero a pesar de su fecundador empeño fuera de toda duda, hasta ese momento los resultados habían sido claramente desalentadores, por lo que al orgulloso monarca empezaba a inquietarle, la cada vez más probable posibilidad, de que aquella dolorosa afección genital que padeció meses atrás le hubiera dejado graves secuelas en lo referente a la fructificación de tan delicados menesteres copulativos. De todos modos, no se iba a rendir fácilmente; seguiría intentándolo una y otra vez hasta conseguirlo. Menudo era él cuando se obcecaba en algo.
Apolodoro se levantó de su trono con gran determinación y salió a la carrera hacia su gineceo, donde sabía a ciencia cierta que le aguardaba su queridísima Rubicunda y también el resto de orondas meretrices que le acompañaban, bien dispuestas y ansiosas todas ellas de satisfacer los más insignificantes antojos de su caprichoso rey. Mientras trotaba por los pasillos, frotándose las manos al imaginar las placenteras aventuras que le aguardaban a la vuelta de la esquina, tuvo que frenar en seco al verse interceptado por su inoportuno chambelán, que le cerraba el paso con alarmante aspecto avinagrado y afligido.
Atento Servidor
En mucho lamento molestarte, mi galopante rey, pero existe cierta pequeña cuestión que requiere de tu conocimiento.
Apolodoro
¿Precisamente ahora?
Atento Servidor
Previamente debo confesar mi injustificada negligencia al no haberte informado con una mayor celeridad sobre este delicado asunto, pues me temo que data de algunos meses atrás.
Apolodoro
Ah, entonces no será tan urgente.
Atento Servidor
Sí lo es. Necio de mí, confiaba con que en última instancia quizás esta desagradable contrariedad se solucionase por sí misma y sin necesitar de tu siempre inestimable intermediación.
Apolodoro
Bueno, luego lo hablamos; ¿vale?
Atento Servidor
¡Qué torpeza la mía! Merezco las mayores reprimendas por dejarme llevar antes por el corazón que por la mente, y tratar de evitar el desasosiego que te produciría conocer el penoso infortunio que acontece a uno de tus más valiosos y queridos ciudadanos.
Apolodoro
¿De quién se trata?
Atento Servidor
Del Agazapado Contable Augusto.
Apolodoro
¿Pero qué me ocultas mi Atento Servidor? ¿Es que le ha sucedido algo malo a mi adoradísimo contable?
Atento Servidor
Algo más bien raro.
Apolodoro
Mira. La piel se me ha puesto de gallina, pálida y erizada, y tiemblo de la cabeza a los pies, como un gazapo ante la amenazadora visión de las puntiagudas orejas del lobo carnicero.
Habla ya; no te demores más.
Atento Servidor
No has de temer por su vida, oh sufrido Apolodoro, pues además de encontrarse relativamente bien; presume de atesorar una forma física envidiable. Es su salud mental la que nos preocupa a todos los que le hemos visto.
Apolodoro
Entiendo.
Atento Servidor
Según me consta, el anómalo comportamiento del que hace gala debe su origen último a causas de tipo exclusivamente laboral. Parece ser que el continuado estrés ha constituido el motor desencadenante del extraño desorden mental que le atenaza y merma su intelecto.
Apolodoro
El estrés es muy mala cosa. ¿Pero qué le pasa exactamente?
Atento Servidor
Me han contado, que un buen día, el Agazapado Contable Augusto, previsiblemente agobiado por las multitudes numéricas que le cercaban, decidió proporcionarse un merecido relajamiento, y para ello pensó que nada mejor que forzar el alivio intelectual mediante violentos tratamientos de choque acelerados. Según barruntaba en su delirio, una estimulación agresiva y desacostumbrada, le otorgaría paz y sosiego con gran rapidez. Lamentablemente, este método extravagante y poco científico, consecuencia de una inspiración desacertada, en vez de producir los frutos esperados ha causado la perdición de este hombre tan cabal e imprescindible para el buen funcionamiento de tu reino.
Apolodoro
Ay, Atento Servidor, me tienes tan asustado que la vista se me nubla por momentos. Deja que me siente y pruebe un sorbo de agua fría para serenarme un poco y recuperarme de la conmoción. Y por lo que más quieras; continúa. No te pares ahora.
Atento Servidor
Descuida que te lo voy a contar todo.
Apolodoro
¿A qué anómalo comportamiento te refieres? ¿Es que ha decidido renegar de su inigualable arte matemático y dedicar su vida a la execrable solidaridad hacia el prójimo? O quizás, mucho peor aún; ¿ha sido captado por esos aprovechados discípulos del Ingeniero Profeta que predican la pobreza y la castidad?
Atento Servidor
Si tan sólo fuera ése su mal, bien sabríamos cómo afrontarlo con éxito. En otras ocasiones hemos logrado sanar a enfermos de tales epidemias otorgándoles multitud de riquezas en formas de templos y estatuas con las que consolar su fiebre de desprendimiento. Curiosamente, cuando gozan del amparo de tales posesiones ya no estiman oportuno predicar con el ejemplo. Y aunque siguen exaltando las excelencias de la castidad y la pobreza; ya no constituyen una amenaza para nuestras recaudaciones de impuestos, porque ya nadie les cree ni mucho menos imita.
Apolodoro
No te enrolles tanto y dime cuál es su enfermedad.
Atento Servidor
Me temo que los males que se ciernen sobre el Agazapado Contable Augusto son de una naturaleza misteriosa y de difícil curación. Ojalá, mi atemorizado Apolodoro, tuviéramos conciencia del cáncer al que nos enfrentamos, pues siempre podríamos intentar extirparlo de la manera menos traumática para el enfermo.
Apolodoro
¿Pero qué burla es ésta? ¿Es que no quieres decírmelo? ¡Habla de una vez o no respondo de mí!
Atento Servidor
Verás. Nuestro hombre dedica la totalidad del día a ejercitar su cuerpo, sometiéndole a la singular tortura de la fuerza. Se afana en el cultivo de sus músculos, lo cual; en su justa medida sería recomendable y altamente saludable, pero en el caso de éste, raya la locura más extrema. Con mis propios ojos le he visto alzar una y otra vez del suelo enormes pesas demoledoras. Durante horas y más horas se aplica en increíbles levantamientos desde las más desconcertantes posturas. Algunas; claramente libidinosas.
Apolodoro
¿Libidinosas dices?
Atento Servidor
Sí, sí; libidinosas.
Apolodoro
¿Y qué más?
Atento Servidor
Tan pronto aplica sobre sus espaldas una barra atestada de enormes placas pesadas, y se agacha, y se incorpora sin aparente fin; como se tumba boca arriba, y procede a acercar y alejar por turno, hasta su pecho, dos mancuernas de grandes proporciones. Cuando una postura le agota o aburre, elige otra y continúa tras breve pausa cronometrada. También sorprende la maestría con la que obra en la elección de los futuras cargas a zarandear, pues igual las incrementa con ojo crítico que las disminuye sin lógica adivinable.
Apolodoro
¿Y semejante ajetreo fatigoso le reporta placer?
Atento Servidor
No creo. Mientras se hostiga voluntariamente en arduos trabajos inútiles, sus sentidos gritos de dolor y sufrimiento, cuyos agudos ecos aterradores rugen devueltos por el desierto, conmueven al más duro y espantan al más sensible. He de confesar que hasta yo mismo he llorado compadecido por los horribles alaridos que he presenciado in situ. Imposible no sucumbir al duelo más profundo tras contemplar ese rostro enrojecido y crispado, desfigurado por el suplicio mayúsculo. Y esas palpitantes venas crecidas, enfurecidas por el bombeo agónico. Y sobretodo las fauces, desbocadas y abiertas hasta el paroxismo cuando se desgañita a placer, como una fiera moribunda y sollozante que exhala su último aliento desgarrador.
Apolodoro
Me estás asustando. Acabará desgraciándose sin remedio.
Atento Servidor
Al contrario. Estimulada por el soberbio castigo diario, su anatomía se ha transformado en una musculosa mole sin parangón de la que se siente dichoso. Como un afeminado narciso cualquiera, se escudriña ante un gran espejo que siempre lleva consigo para tal efecto. Frente a él tensa sus desproporcionados bíceps puntiagudos y macizos, que se yerguen espigados y exultantes como crispadas cabezas de terneros desollados, al amparo de unos rocosos deltoides descomunales.
Apolodoro
¿Y dices que va a todas partes con el espejo?
Atento Servidor
No lo deja ni de día ni de noche. Su pecho, aunque no me creerás, abulta más que el de tu campeona mamaria; Rubicunda. Y su estriado abdomen, encogido en el vientre con denuedo, muestra una nudosa alineación de durísimas ondulaciones simétricas y hundidas bajo el esternón.
Apolodoro
¡Qué asco!
Atento Servidor
Las piernas que sustentan tan formidable tronco, infladas a rebosar y próximas a la explosión, superan en tamaño y fuerza a las sólidas corvas del más fornido de nuestros elefantes.
Apolodoro
¿Y su espalda?
Atento Servidor
Escalofríos y mareos me ocasionaron al verla. Tal es su amplitud, que mirándole de cara, sus dorsales sobresalen por los flancos, cual alas de una mosca que osara erguirse a dos patas, la muy puñetera.
Apolodoro
¿Y se siente a gusto con su cuerpo?
Atento Servidor
Qué va. Ebrio de tamaño colosal; no se conforma con tan poco, y porfía duramente por incrementarse y adicionarse a sí mismo. Ha trasladado sus habilidades matemáticas a su propio organismo, en perpetua expansión como el cosmos, y su codicia carnal no tiene límite ni parangón. Orgulloso de sus disparatados triunfos mira de reojo a sus semejantes con muestras evidentes de asco y desdén, pues nos considera auténticas birrias andantes e indignas de su escultural compañía.
Apolodoro
¿Y eso es todo?
Atento Servidor
Oh, confiado Apolodoro, qué más quisiera yo que acabar aquí este dramático relato, pero aún me quedan nuevas locuras por narrarte.
Apolodoro
En realidad no me parece tan grave su demencia mientras cumpla con sus obligaciones contables.
Atento Servidor
Ahí es donde quería llegar.
Apolodoro
¿Qué quieres decir?
Atento Servidor
Me temo que ha renegado públicamente de las finanzas y este violento abandono de sus funciones administrativas nos está causando unos perjuicios económicos incalculables.
Apolodoro
¿Y él no es consciente de ello? ¿No hace nada por evitarlo?
Atento Servidor
Mientras el descalabro financiero se acentúa día a día, el Agazapado Contable Augusto, ajeno al daño ocasionado, se dedica a la contemplación enfermiza y minuciosa de su cuerpo superdesarrollado. Escudriña atentamente y al detalle cómo se hincha y deshincha cada músculo a voluntad, porque, como ya habrás adivinado, le es grato observar su físico inflamado por la congestión.
Apolodoro
Sí; por eso lleva siempre su espejo a cuestas.
Atento Servidor
Aseguran que para realzar aún más si cabe el tamaño de su chicha endurecida, la embadurna con aceite, y si se presta la ocasión la barniza con un pincel. A veces juega con la luz, y mediante hábiles manipulaciones de los claros y las sombras, obtiene de su imagen reflejada efectos ópticos extraordinarios que le ilusionan y conmueven.
Apolodoro
Pobre loco.
Atento Servidor
También dicen que pasa hambre. Que sólo ingiere alimentos hervidos y exentos de grasa, y que continuamente vigila su peso en una báscula de precisión. Por ello, cuando congestiona su musculatura posando ante el espejo, una miríada de inescrutables venas sobresalientes lo surcan de cabo a rabo, con espantosa algarabía, a modo de caótico mapa de carreteras y, curiosamente, lejos de inquietarle tan aborrecedora visión, sus ojillos avispados parecen sonreír satisfechos a través de las gruesas lentes sin montura.
Apolodoro
¿Sonríe? Y mientras, nuestros haberes se desvanecen como el humo. Debería retorcerle el gaznate.
Atento Servidor
Nada ganarías con ello.
Apolodoro
Lo sé pero disfrutaría un huevo.
Atento Servidor
Hay algo más. Lo peor de todo. Casi ni me atrevo a mencionarlo.
Apolodoro
¿Aún puede haber más?
Atento Servidor
Corre el rumor de que reniega de las mujeres porque en cuestión de sexo presume de autosuficiencia.
Apolodoro
Es el colmo.
Atento Servidor
Sí.
Apolodoro
Lo que me cuentas es desalentador y apocalíptico. ¿Quién se ocupará ahora de las recaudaciones de impuestos?
Atento Servidor
Yo puedo intentarlo, pero te advierto, oh Apolodoro, que la economía no es mi fuerte.
Apolodoro
¿Y dices que no existe cura para su enfermedad?
Atento Servidor
Tan sólo nos queda ser pacientes. Quizá se trate de una simple fiebre pasajera que remita en cualquier momento y le devuelva a la normalidad a la ocasión menos pensada. En caso contrario la amenaza de la ruina se cierne implacable sobre nosotros; como ese buitre carroñero que planea en círculos aguardando impaciente para escarbar con su pico deleznable en lo más hondo de la desgracia ajena.
Apolodoro
Sí; como el buitre. ¿Y qué haremos?
Atento Servidor
Para bien o para mal; habrá que esperar. Sólo el
tiempo dirá.