Apolodoro subyugado por Rubicunda

Un mes más tarde, cuando el Atento Servidor compareció ante Apolodoro, un escalofrío de perplejidad le sacudió los huesos a causa del desconcertante espectáculo del que fue testigo mudo y absorto.

Su rey, que yacía completamente desnudo, trataba de gatear por los relucientes suelos del palacio portando sobre sus espaldas a la oronda Rubicunda. Ésta, igualmente desnuda, se mostraba enérgica y autoritaria con el pobre monarca, y le propinaba acertados azotes con una pequeña fusta de dos colas para animarle a acelerar el paso.

A duras penas el fornido Apolodoro lograba sostener sobre su firme espinazo, casi partido, el impresionante volumen de desbordantes adiposidades que conformaban la informe anatomía de su singular jinete. Por ello, la temeridad de desplazarse con tal excepcional carga estaba resultando totalmente infructuosa.

Rubicunda, ante el inesperado desplante de extática rebeldía de su humana montura, se enfurruñaba colérica, y haciendo gala de un resuelto desparpajo, no dudaba en azotar repetidamente, con mayor brío aun si cabe, los muslos y posaderas de su insolente vehículo exánime. Tan apropiado carburante, suministrado in situ mediante eficientes giros de muñeca por la experta amazona del tamaño, estimulaban el renqueante paso del sufrido rey cuadrúpedo.

Apolodoro, al borde de la extenuación, resistía heroicamente a la tumultuosa profusión de sudor que le humedecía los flancos. Con su rostro crispado, y horriblemente enrojecido, resoplaba presa del enorme cansancio demoledor. Su espalda, aunque musculosa y amplia, se curvaba por momentos, abrumada por el descomunal peso que la atenazaba.

La tremenda desproporción de la carga, recordaba la singular imagen de una ajetreada hormiga trasladando afanosamente a las intrincadas despensas de su oscuro hormiguero, alguna semilla u hoja, de tales dimensiones que nunca alcanzaría a introducirla en éste sin la previa descomposición en porciones prudenciales.

El Atento Servidor, que nunca había visto a su rey dominado de un ímpetu sumiso tan impropio de un monarca, experimentó un sincero abatimiento, y no pudo evitar un espontáneo suspiro lastimero, no exento de creciente preocupación.

Entonces Apolodoro alzó la cabeza y se percató de su presencia.

Apolodoro

No, mi fiel chambelán, no pienses que tu preclaro monarca ha sido presa de la funesta destrucción física y moral que entraña la perversa locura arrebatadora. Mis facultades mentales aún son plenas y claras, al menos por ahora.

Este lamentable estado en el que me encuentras es producto de la maldición de ese Ingeniero Profeta, que durante siete días ha osado sumirnos en un infame caos de desenfreno y degeneración.

Tal y como prometió, el muy gañán, tras una semana todos los habitantes de Kinsaba han sanado de los terribles rigores de la temida incontinencia y ha desaparecido el furor sexual de sus conmocionadas mentes. Pero también anunció que a éste que aquí ves postrado y humillado, nunca le abandonaría un avezado celo embrutecido. Me acompaña inseparable desde entonces el más ardiente deseo sexual, multiplicado por mil y aguijoneado constantemente por la denodada furia irresistible de una orgía de picores pasionales.

Mi querida Rubicunda, con sus inigualables armas físicas, es la única capaz de domeñar a este perpetuo monstruo insatisfecho y sediento de lujuria en el que me ha convertido la impotencia sexual manifiesta. Sólo ella consigue apaciguar los salvajes ardores que me azuzan con horrísona violencia. Y bien que lo sabe, y lo disfruta, y se deleita de tal situación ventajosa a sus intereses. Por eso me ha esclavizado reduciéndome a temeroso rehén de sus favores sexuales. Subyugándome a diario me obliga a ceder como un gusano ante sus más recónditos deseos; rebosantes de perfidia como puedes constatar.

Tan sólo soy un pelele inútil. Una estéril marioneta a la que mi pérfida Rubicunda tiene felizmente agarrada por su oscilante falo; inmerso en un apabullante baile de descontroladas inflamaciones perpetuas.

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